Sobreviviente.
Sobreviví a la humillación de ser el niño consentido del primer colegio al que asistí, a las piedras que lanzaron en mi contra a causa de ello, a los rufianes que en educación primaria solían colocarme dentro de un basurero al terminar la clase, a cinco puntadas y una fractura de cráneo, a la desilusión de jamás recibir una patineta como regalo de navidad, a un tipo que apuntó con su pistola a mi madre mientras yo observaba, a la prefecta de secundaria que por la virgen juró yo nunca pasaría de año mientras ella estuviese a cargo, a un bote de basura en llamas producto del ocio que me invadía en aquél entonces, a un golf modelo ’88 que pasó encima de mí cuando aún tenía quince años, a un pederasta que me golpeó con alevosía, premeditación y ventaja, a la pubertad, a la policía que me arrestó cuando rayaba las paredes como muestra de mi inconformidad, al niño más popular de la escuela cuya quijada quebré, a las múltiples pruebas de valor que me impuso la banda de la que fui parte, a cuatro años de preparatoria, veintiún exámenes extraordinarios, tres a título de suficiencia, un artículo 117, muchos corajes y ningún amigo, a los dedos medios de los envidiosos, a las miradas de rencor de los celosos, a las trampas, juegos sucios y demás artimañas que implementaban en mi contra, a la caída desde un tren en movimiento, a un tipo que golpeó mi abdomen con un bate de beisbol, a un meñique roto a medio partido de futbol jugando para un equipo de hipócritas, a una fisura de cresta iliaca que jamás atendí, a los insultos, burlas y regaños que los entrenadores utilizaban para motivarme, a la frustración de ser goleado domingo a domingo aun dando mi mejor esfuerzo, a una perforación de lengua, tres de mentón y otra más de ceja, a una mujer que me enamoró dos veces y me abandonó tres, a una novia que terminó conmigo el día de la graduación, al dolor de perder a mi mejor amiga, a una loca que me quiso fastidiar tratando de atarme a ella, a un padre que me corrió de la casa el día que cumplí dieciocho años, a una ciudad y los habitantes que odié con todas mis fuerzas cada uno de los días que tuve que soportar viviendo allí, al alcohol, al tabaco y otras drogas, al adiós de mis seres más queridos, a la confianza paternal perdida, al primer impulso que uno toma después de haber tocado fondo, a seis mil aspirantes que competían por el lugar que yo quería, a un nuevo hogar desconocido, a la presión de tener que aprobar las materias, a un maniático que me persiguió por calles enteras, a una intoxicación por amantadina y dos por taurina, a una especie de secuestro express, a tres choques automovilísticos de gravedad variable, a una larga semana sin mis poemas, a la barra de cierto equipo de futbol que se metió conmigo mientras utilizaba el jersey del contrario, a un concierto del que salí asfixiado, a la compulsión de deglutir cuanto analgésico tenía a la mano, a la caída libre desde un tercer piso, a batallas campales, borracheras y amnesias repentinas, puños, patadas y cabezazos, fraudes, traiciones y decepciones, críticas, ofensas y groserías, amores no correspondidos, corazones heridos y relaciones fallidas, tristezas, depresiones, sinsabores, amarguras y un mar de lágrimas sin fin del que hasta ahora me he podido levantar saliendo ileso.
Qué me hizo pensar podrías dañarme tú?
Para la última de tantas, primera de muchas más.
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