Tan.
Tan ingenuo como para, tratando de evitar toda hipocresía, pecar de cinismo creyendo que se es sincero, cuando en realidad, se es imprudente.
La Ense?anza.
Fue su padre quien le habló de dejar al mundo en mejores condiciones de como lo había encontrado, pero su padre tiempo atrás había abandonado vehemente la feroz lucha contra el cáncer que por lustros sostuvo y ahora, el veterano de guerra, honores de por medio, yacía al fin en paz sereno.
Fue después de la ominosa visita al camposanto, en el segundo aniversario del óbito, que el recuerdo llegó de pronto a su mente. Sin razón o explicación alguna las palabras del difunto padre formularon la sentencia que lo aventuró a retirarse al momento, colocando el ramo a modo de tributo en su lugar y, dando la media vuelta para salir, juró por todos los cielos iba a cumplir.
Fue la fortuna y casualidad, la suerte y coincidencia, el azar y la buenaventura, la palabra escrita del destino, la gracia del Se?or o tan sólo quizá una razón más para mantener el equilibrio universal lo que lo llevó al último piso del rascacielos más alto de la ciudad perdida, capital del pecado y la ignominia, fiel heredera al imperio de Sodoma y de Gomorra, con todo lo requerido para cumplir su voto, orgulloso de sí, convencido de su actuar, procedió a darle forma a su gloriosa obra.
Fue la velocidad con que el proyectil salía disparado del ca?ón lo que le confirió la fuerza necesaria para perforar la coraza ósea que protegía a todo lo divino de esta tierra, interrumpiendo así el flujo eléctrico que comunicaba neuronas, el vino bendito que corría por vasos y capilares, la íntima unión que sostenían carne y ánima, profanado entero por frío, inerte y bello metal.
Fue un policía corrupto el primero en caer, le siguió un soldado después, un estudiante rebelde, un proxeneta y su meretriz también, un terrorista encapuchado, un crítico amargado, un machista y una feminista, un hombre de ultraderecha, un político embustero, un juez injusto, un desamparado borracho, un toxicómano y su proveedor, un profeta, un rey y un sacerdote.
Y fue así como apuntando desde lo más cercano al cielo, el anónimo justiciero honraba la sabia ense?anza de su creador, cumpliendo con su deber en este mundo, día con día, lo hacía mejor.
Hoy.
Pereza, desidia y apatía.
Pero volverán los días de gloria.
Pienso.
Pienso, luego existo.
Pienso, existo y luego me destruyo.
Pienso, por eso no existo.