Hipocresía.
Hay quien se deprime
Y grita
Y llora
Y se aísla de la sociedad
Se ahoga en silencio
Se viste de negro
Escribe poesía
Duerme
Maldice
Y jamás ríe
Toma
Fuma
Y se droga
Para olvidar penas
Rencores
Frustraciones
Dolores
Y malos amores
Pasea por las calles
Ausente
Apático
Indiferente
Y miente
También hay quien muy triste
Contiene su llanto
No grita
Ni se aísla
Viste alegremente
Y sale a trabajar
Cumple con su obligación
Habla
Conversa
Platica
Y charla
Con los demás
Riendo
Sonriendo
Carcajeando
Paseando por las calles
Impetuoso
Optimista
Lleno de energía
Fuma y bebe
Baila y canta
Para celebrar
Un éxito más
Y un día sucede
Que de repente
Se quita la vida
Y también miente.
El Artista.
No importando la sencillez o abstracción de su obra, siempre provocaba, ya fuera buena o mala, alguna reacción.
Se sentía satisfecho.
Nunca dejó de disfrutar su cigarrillo hasta la última bocanada.
Etiquetas: el plan del nitrógeno, microficcion, nicotina
VIII
Regresaba del colegio
A encerrarse en su mundo
Vivía solo
En un departamento
De bajo presupuesto
En los suburbios
De la capital
Su nevera tenía
Un frasco de mostaza
Latas vacías
Tres cervezas
Y manchas que escurrían
Azotaba la puerta
Al enojarse
Por no tener qué comer
Y se iba a la cama
Desvistiéndose en el camino
Evitando los libros
Y la ropa
Tirada
Aventada
Esparcida
Por la alfombra
Miraba el teléfono
Pues carecía de televisión
Y de amigos a quien llamar
Apagaba las luces
Encendía el último camel
Y contemplando la noche
A través de la ventana
Sin cortinas
Para no tener que lavar
Un viernes por la noche
Al regresar del colegio
Pulsaba play
Dejándose llevar
Una vez más
Rock and Roll all nite.
De Su Ausencia.
Cuando al sentir el resplandor del sol sobre mi cara desperté, no me sorprendió el no haberla encontrado, el vacío al lado de mi cama no era más que la consumación de algo que desde hace tiempo atrás había llegado a su irremediable fin.
Aún percibía su esencia, se desvanecía con cada suspiro, dejé de respirar pero no pude evitar se consumiera. Sentía el calor que había dejado, insuficiente para el frío matinal. Recorrí con mis manos ansiosas las sábanas donde la noche anterior todavía yacía, como si tuviesen que constatar el abandono que para mis ojos ya era más que claro.
Quiso una impetuosa lágrima asomarse, brillando al reflejar la luz del nuevo día, pero antes de que por mi rostro se escurriese corté su anhelo cerrando los ojos y, tratando de imaginar lo que a partir del preciso instante en que su ausencia se hizo presente iba a suceder con mi ser, pensé, haciendo honor a la verdad, que no sabía ni por dónde empezar.
El buscarla no entraba en mis planes, si bien dicen que amar es dejar en libertad no pretendía entonces clamar por ella, pedir que regresara, suplicar por aquel retorno que daría de nuevo sentido a mi vida para que no me perteneciera nunca más. La esperaría acostado, fumando, leyendo, bebiendo, siendo testigo de los minutos que se hacen horas y de las horas que días completan, hundido en de las penumbras la más oscura soledad, pleno y sereno retraimiento.
Y así pasó uno y dos y tres. Y pasaron todos y no llegó. Harto y consumido por la desesperación decidí entonces salir y acelerar el reencuentro, pero al no hallar por las calles ni un alma a quien preguntar si por azares del destino la hubiesen visto pasar, caminé largo y tendido sin rumbo fijo, alejándome paso a paso cada vez más del poco control que aún tenía sobre mi vida.
Llegué pues al final del sendero, el sol se ocultaba cediendo su reino al de las sombras, la luna cayó sobre mi cabeza y yo abatido sobre mis rodillas. Tenía las preguntas, las repetía una y otra vez, qué fue de ti, a dónde huiste, cuándo volverás. Necesitaba respuestas, pero el silencio jamás había sido tan intenso como en esa ocasión en que desistí a mi bella inspiración al verla a lo lejos, de la mano tomada, de esa cruel y maldita depresión, que de mi vida se la llevó.