Regreso A Casa.
Odiaba las guardias pero igual no podía evitar el tormento que le producían al menos una vez por semana, odiaba a su jefe pero igual no podía contradecirlo mientras desease seguir ganando el pan de cada día, odiaba salir de noche pero noche era. Apagó las luces, dio un vistazo final al local y girando vuelta y media a la llave, cerró.
Lo seguían, lo supo desde el primer paso, al instante. No tenía la menor idea de quién o qué buscaban de él, siendo un hombre común y corriente, casi insignificante, divorciado de una esposa, padre de dos hijos, inquilino de un departamento y trabajador de un mal empleo, sin mayores deseos o anhelos que jubilarse y recibir siempre a tiempo su pensión para vivir modesto, sin lujos ni extravagancias pero decente, como un buen empleado merece.
Apresuró la marcha. Se sintió aliviado cuando mirando repentino al oscurecido cielo la luna le sonrió, iluminando su camino ahora ya acompa?ado detuvo su andar al llegar a la estación. Cruzó los dedos esperando estar a tiempo para el encuentro con el último tren, que bien sabía siendo un horario extraordinario la puntualidad era sumo especial, y así fue.
Abordó, discreto dirigió la mirada atrás pero para su fortuna lo único pudo encontrar fue la ausencia de cualquier ser. Sonó la campana que anunciaba ya la retirada, tomó su lugar y encontrándose aún intranquilo por el sobresalto que la soledad de las calles produce, sacó el periódico del maletín para esconderse tras las buenas nuevas y contemplar con disimulo a la tripulación, observando los detalles de aquellos pobres pasajeros forzados como él a tomar el último de los viajes, se sintió mucho mejor, durmió.
Despertó sobresaltado cuando dejó de percibir el vibrar ligero que las vías producían en sus pies, pero aún no habían llegado. Algún imprevisto había sucedido con el ferrocarril y ahora todo era silencio. Se inclinó un poco para recoger del piso su prensa cuando se percató que el se?or de bigote y gafas en el asiento adyacente al suyo lo miraba, sintió por su cuerpo un brusco estremecimiento, intentó pasar desapercibido leyendo los clasificados pero al cambiar de página el diario volvió al suelo. El se?or de bigote y gafas sonrió ante tal peripecia y sin más, volvió a los brazos de Morfeo.
El trayecto, no largo, no corto, a diferencia de lo que en hora pico pudiese suceder, tranquilo, sereno, pacífico, sin novedad transcurrió después de dicho incidente, el se?or de bigote y gafas dormía, al frente, la se?ora de sombrero continuaba su bordado, delante de ella un hombre de traje y corbata revisaba documentos, ipsolateral otro individuo en sue?os y por detrás suyo, ocupando asientos que estaciones atrás se encontraban vacíos, un par de jóvenes de gabardina, sospechosos, misteriosos, inquietantes.
No volvió a cerrar los ojos perturbado por la presencia de los sujetos, el de la izquierda incluso portaba algo pero lo cubría metiendo la mano en el bolso de la chaqueta, el de la derecha estableció contacto visual y sostuvo el mirar. Profanado por aquellos ojos comenzó a sudar frío y esto lo hizo sacudirse, se aceleró su corazón al punto de confundirse con el temblar del vagón, se asomó por la ventana y dirigiendo su vista a lo más alto rogó por llegar pronto, sano y salvo a su destino. Minutos más tarde así fue, descendió y en seguida bajaron los otros dos.
Al salir, rápidamente y sin importarle nada más emprendió la fuga, consumía con avidez el poco oxígeno que a sus pulmones llegaba, sin importarle cansancio, fatiga ni sofoco, paso a paso aceleró hasta encontrarse en el medio de la nada, a medianoche, huyendo sin ton ni son. Se adentró en un mundo de sombras y penumbra, gritando desde lo más profundo de sus entra?as auxilio pidió pero nadie, en caso de haberlo escuchado llegó a su encuentro, solitario, con el cabello erizado, las pupilas dilatadas, recorriendo el miedo sus venas y con el terror dentro de su corazón las primeras lágrimas escurrieron ya en sus mejillas. Aullidos de dolor irrumpieron el silencio de la noche y corriendo como nunca antes en su vida lo había siquiera intentado al final, frente a la puerta de su apartamento, con un interminable temblar de manos que sólo prolongaba más la espera y sufrimiento, pudo por fin, abrir.
Aseguró las cerraduras, se encerró en su habitación y al apagar las luces supo que ahí estaba, esperándolo en su cama, la paranoia reía a carcajadas.
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